Mussio Cárdenas Arellano*
Forjado para todo, no para el poder, Javier Duarte de Ochoa siente y desliza, nada sutil, la tentación de reprimir. Su intento de reforma al Código Electoral del Estado de Veracruz, con graves matices de inconstitucionalidad, lo tiene en el centro de un escándalo incendiario por su ansiedad no contenida, burdamente exhibida, por desactivar, mediatizar o pulverizar, con argucias legaloides, a la prensa crítica.
De su autoría, un fragmento de la Ley Duarte,el apelativo con el que se le conoce en la jerga popular al engendro reformador, tiene especial dedicatoria, puntillosa y dolosa, hacia los medios de comunicación, a quienes de soslayo, intenta controlar.
Se trata del artículo 48 del citado Código Electoral, suprimido del texto tras las múltiples condenas que suscitó, cuya esencia reveló la mecánica con la que el demócrata Javier Duarte pretende someter a los medios de comunicación que deseen pactar publicidad durante el proceso electoral de 2013, con miras a renovar alcaldías y el Congreso local.
Su pretensión era obligarlos a cubrir una serie de requisitos para poder acceder a los convenios publicitarios, pero en el apartado tercero se rompió la fuente y el alumbramiento terminó en un aborto prematuro.
Decía textualmente el polémico apartado:
“Las organizaciones políticas no podrán contratar espacios publicitarios en aquéllos medios que aun habiendo efectuado los registros señalados en este artículo, publiquen mensajes en contra de cualquier partido, coalición o candidato.
“La contratación por parte de una organización política de mensajes dirigidos a promover el voto en contra de algún partido,coalición o candidato, o la efectuada en contravención a lo dispuesto en e lpárrafo precedente se considerará como infracción a las obligaciones impuestas a dichas organizaciones”.
A Duarte le produce urticaria la prensa. Por eso la reforma al Código Electoral del Estado de Veracruz también contempla un apartado para monitorear a otros medios, no radio ni televisión,para cumplir el contenido de la ley. O sea, tiene como destinataria a la prensa escrita.
No caminó mucho el gobernador de Veracruz en su misión represora. Desatada la polémica en redes sociales, vapuleado desde el fin de semana pasado, ofreció suprimir el controversial artículo 48.
Su argumento, sin embargo, fue tan endeble como frágil, difícil de creer. Dijo que su preocupación es la “guerra sucia” en época electoral.
Nada más alejado de la realidad. Su campaña a la gubernatura de Veracruz se basó en la guerra sucia que desató contra el candidato del Partido Acción Nacional, Miguel Angel Yunes Linares, acusándolo de pederasta, de ser cómplice del narcotráfico, de haber dejado escapar al capo Joaquín Guzmán Loera El Chapo, de la prisión de alta seguridad de Puente Grande, y de reprimir periodistas y grupos sociales. Para llegar al palacio de gobierno de Xalapa, Javier Duarte se montó en una “guerra sucia” peor que la que el PRI orquestó contra Andrés Manuel López Obrador, en la elección presidencial de 2006.
Admirador de Francisco Franco, el dictador español, a quien se acusa de genocida y enemigo de la libertad de expresión, Javier Duarte padece fobia a la prensa crítica y no soporta lo que se publica,difunde o comenta de su desgobierno.
Su Ley Mordaza fue neutralizada, pero exhibió su misión represora, su deseo de enfrentar, combatir, someter y aniquilar a la prensa crítica.
Su iniciativa de reforma al Código Electoral una regresión en materia informativa. La Ley Duarte muestra tintes de inconstitucionalidad en materia de libertad de expresión y evidencia un desprecio inaceptable en un régimen democrático.
Que haya retirado el texto referente al artículo 48, no lo exime de la intención de mediatizar la libertad de expresión.
Duarte no está hecho para la crítica. A diferencia de otra fauna política, tiene la piel sensible, extremadamente irritable, impreparado para la polémica, menos aún para el tsunami informativo.
Le falta reposo, capacidad de análisis y mesura para encarar la crítica a sus desafortunadas decisiones y pésimo manejo del aparato de poder.
Así son los políticos soberbios, cazados con la idea de su infalibilidad, casi perfectos, negada para ellos la posibilidad de incurrir en errores.
A partir de ahí, Javier Duarte está perdido.Su gobierno es un compendio de desastres, de desatinos, de arbitrariedades calculadas y de abusos nada espontáneos.
Por eso no quiere que la prensa crítica hable.
*Colaborador de cronicadelpoder.com